Sentencias en la playa

La cantidad de juegos que me he traído a mi retiro veraniego no es, ni mucho menos, la misma que los años anteriores. En otras ocasiones he apostado por la cantidad, porque lo que me propiciaba tener una buena gama de posibilidades era precisamente eso, tener suficiente como para darme margen para elegir.
Aún teniendo poco espacio, apretaba y empujaba, metía caja dentro de caja, desmantelaba sus piezas y propiciaba en lo posible que en el maletero entrasen la mayor cantidad de juegos. Incluso algunos Euros relativamente difíciles de sacar a mesa para jugar con la gente con la que jugaría aquí. Vamos, de esos que te llevas para pasearles durante 500 kilómetros, ida y vuelta.

Pero este año la selección ha sido bastante más precisa, cuidada y corta. Cuando llegó la hora de decidir qué entraría en el maletero, todos los juegos habían sido ya estrenados y tenían la garantía de que nos gustaban. Todos menos dos. Frutas Fabulosas y Skull King, ambos sin probar. Pero no hay nada por lo que asustarse, por el bagaje y por el contexto, los dos eran perfectos candidatos y estaba seguro de que nos iban a gustar. Y además, en el lugar al que íbamos a veranear hay mucha chavalería, así que pensé que cualquiera de los que llevara podría jugarlo con los chicos y seguro que nos iban a aburrir.
Pero han ocurrido varias cosas.

Frutas Fabulosas.
Frutas Fabulosas.

Primero, no hay chavales. Osea, los hay, pero no han jugado. Están a sus cosas. En años pasados jugaban con nosotros, se acercaban y cotilleaban. El año pasado estaban más dispersos con Pokemon Go (y con esas y sobre esas mi alter ego escribió un artículo). Pero este año, directamente, es que no están. No sé si habrán crecido más y tendrás las hormonas algo disparadas o si precisamente están –y esta opción es la más probable– y están en el interior de sus casas dándole a la Play. Pero no desesperamos entonces, porque cualquiera de los dos juegos entran dentro de la categoría de “fillers” (sencillos, rápidos y para todos) y hay total seguridad de que Frutas Fabulosas puede gustarnos igualmente. Me atraía ese toque de continuidad, que te hace quedar pendiente de los animales que van saliendo y que concede partidas cortas, dinámicas. Su enorme mazo de juego promete que tengas juego para rato. Al fin y al cabo es un pequeño “colocación de trabajadores”. ¿Y a quién no le gusta la “colocación de trabajadores”?

Lo sacamos, jugamos y M sentenció: “es demasiado fácil… un poco coñazo“.
Vale, vamos a ver. Es verdad que la intencionalidad al adquirir el juego era la de jugar con los chavales y divertirnos también nosotros. Pero aún cambiando el contexto, lo tiene todo para que nos guste y para que a M le guste. ¿Qué falla? Es buen momento para apuntar un detalle que me trae a veces por la calle de la amargura; hay que decir que soy nefasto con las primeras partidas, en general, pero en un sentido muy concreto. Tengo la mala costumbre de dejarme reglas en “el aire”. Aún siendo juegos tan sencillos como este, suelo ir demasiado rápido y distraerme con poco si no dedico el 100% de mi atención a su lectura. Las subestimo, las leo demasiado deprisa y a veces realizo ese ejercicio mental tan poco preciado por los profesores que es el de rellenar en mi cabeza de manera ficticia huecos que suponen dudas. No sé por qué demonios lo hago, de verdad. Y en esas dos partidas olvidé que, la eliminar una carta de animal y convertirlo en zumo –al llegar a 5, se gana la partida–, hay que sacar otra carta de animal del mazo. Claro, para qué iba a estar si no el enorme mazo de cartas de animales. Y cuando M me preguntaba sobre ello, yo le decía “Habrá algún efecto que las introduzca en el juego….“.

Tres partidas después, no salían las cuentas, deberíamos haber empezado las partidas con 24 cartas y empezábamos con apenas 15. M tenía cara de poco agrado y miraba las cartas con desdén. Repasé las reglas. “Siempre te equivocas en algo” se burló. Con razón, ojo. Pero el error se cobró caro, la impresión había sido negativa, y el cambio que le ofrecían las reglas –bien jugadas– no parecía lo suficientemente substancial como para arreglar lo que no había gustado del juego, que era precisamente su sencillez y, como decía M “lo de tener que llegar a 5 para ganar no me gusta“. Los juegos que proponen alcanzar un objetivo concreto para ganar no le suelen gustar. Le gustan más los puntos de victoria, u otro tipo de conteo, independientemente de las vías para alcanzarlos. Ahí estaba el momento de la sentencia, el instante en el que algo en el cerebro decide que una cosa gusta o no. Le insisití, puede que el juego cambiara mas adelante, tenía que cambiar de hecho, “mira todo lo que aún hay sin usarse, todas estas cartas y todos estos tokens que aún el juego no nos ha pedido que introduzcamos”. Y al no funcionar la persuasión, mi estado cambió a negación “No, es que simplemente, no es un coñazo” y después a enfado “Es que no entiendo por qué no te gusta, la verdad“. Ya saben, los estados del luto. Casi me había convencido de que había poco más que ponerse de negro y asistir a su entierro.

Con el “no” por delante dejamos aparcado el juego, con todas aquellas cartas sin usar, vírgenes –¡qué lástima de cartas sin usar!– casi pensando ya en venderlo a la vuelta. Y comencé a elaborar excusas que me justificaran no volver a jugarlo: “Si aún así seguro que tampoco lo íbamos a jugar tanto“… “Es cierto que es demasiado sencillote, si al menos estuvieran aquí los chavales para jugar…“, “Ha salido bastante caro, si lo vendo ahora de segunda mano seguro que le saco algo“…
Tenemos la sorprendente –y triste y desmotivadora a la vez– capacidad de dejar de lado un juego, ante tal cantidad de oferta, porque la primera impresión que hemos tenido de él no ha sido positiva –¡aunque el error sea nuestro!–, que aunque queramos luchar contra ello en ocasiones nos sirve como excusa para justificarnos. Al fin y al cabo, ya habrá otros que nos enamoren, ¿no?

Al día siguiente probamos el Skull King. A dos jugadores, porque aunque teníamos claro brillaría a más cantidad, un juego de bazas y apuestas a muchas manos es algo facilito que pega muy mucho para jugarlo a dos.
Puse la toalla “extra” –esa que traigo de más a la playa sólo desde que me atrevo a llevar juegos– y tras limpiarme las manos de arena y de la aceitosa crema bronceadora, abrimos los dos paquetitos de cartas y me puse a leer las reglas. M me miraba mientras lo hacía, y yo ganaba tiempo pidiéndole que barajase las cartas. “Hazlo varias veces, que se mezclen bien“. Me las leí del tirón y las releí mientras las explicaba. Tengo que admitir que me sentía sin responsabilidad ni presión –no era un Twilight Strugle, vaya–, pero el desastre de Frutas Fabulosas me había puesto en jaque. Además, había que ver mi pedantería playera: con mi camiseta puesta –muy mío que soy para soportar el sol en la piel–, entre niños gritando a mi alrededor con acento murcianico, sentado en una silla plegable nueva aún con los plásticos protectores puestos, bajo la sombrilla, medio litro de crema en brazos y piernas, las gafas de sol pegadas a mi nariz embadurnada y leyendo las reglas cogidas con los deditos de las manos para no mancharlas. Era un aspecto que rozaba lo lamentable, pero tenían que haberme visto el año pasado insistiendo en desplegar sobre esa toalla extra el tablero del Santiago de Cuba. No estábamos tan mal, supongo.

Jugando al Skull King entre arenilla playera.
Jugando al Skull King entre arenilla playera. Fíjense en sus manos; cuando coje así las cartas, con los dedos en esa posición, es una mezcla de “pose y análisis”, aún no ha decidido si el juego le gusta. Puro lenguaje no verbal lúdico.

Comenzamos a jugar y nos gustó en seguida.
Le dimos varias partidas, y aunque M sugirió que quizá debería enfundarlas, me dio bastante igual, tragué saliva mientras quitaba la arenilla de encima de las cartas recordando que había decidido unirme a la cruzada antifundas. Este fin de semana lo probaríamos con los amigos que vienen a visitarnos, decidimos. Victoria. Volvimos a casa y después de cenar –envalentonado por la brisa marina y la media botella de vino–, volví a proponer el Frutas Fabulosas. “Venga, que es un juego Legacy.” “Qué va a ser Legacy… Anda ya“. De nuevo touché. La costumbre de ponerle la etiqueta de “legacy” a las campañas cambiables ha hecho que no pensemos que ese concepto debería ser sólo aplicado a los juegos que no podrán ser jugados de la misma forma en la que ya lo han sido porque implique que haya algo que varíe sus componentes.
Entre resoplidos asintió y volví a sacar el juego. De verdad, parece que M es dura, no lo es, tan sólo es exigente. Me encanta que lo sea, así se puede jugar con alguien con ciertas garantías, pero sabía que no había más vuelta de hoja con este. O le gustaba ahora o lo ponía en el Wallapop murciano mañana mismo. Ya tenía tras la oreja que me había dicho ya tres veces que no a jugar al Valle de los mercaderes en circunstancias más que propicias. Prefiero no entrar en ese tema porque me sería difícil de gestionar ese desastre…

Pero esta vez funcionó. Poco a poco el juego empezó a “caminar”, a desarrollarse, a extender sus nuevas mini-mecánicas y a dar cierto peso a la variabilidad de campaña que tiene. Sin pretensiones –que creo que es lo mejor que tiene– Frutas Fabulosas va dejándose crecer y gustándose. De momento, con 6 partidas, seguiremos dándole hasta que decidamos que su oferta no nos es suficiente. Pero la posibilidad de incluir a más jugadores, que no nos pesen las puntuaciones –y por lo tanto, la competitividad– y su ligereza nos ha hecho valorarlo con total calma y tranquilidad. Un juego hecho para perdedores de juegos, como yo.