Gustos y circunstancias Vivimos y evolucionamos conforme a las circunstancias que nos envuelven. Y nuestros gustos también lo hacen.

Nuestras circunstancias y nuestros gustos van de la mano. Uno camina junto a otro y ambos se hacen evolucionar mutuamente. Incluso en este mundo, el de los juegos de mesa, que tiene formas muy compactadas de ser disfrutado, mucho estatismo y poca capacidad para alejarse del sentido más clásico en el que es disfrutado; alrededor de una mesa.

El estilo de vida clásico del jugador de juegos de mesa es inherente a lo que el propio juego de mesa le ofrece. Una estantería donde poner sus juegos, una mensa donde jugarlos, sillas en las que sentar a sus invitados y la posibilidad de sentirse seguro bajo el parapeto de un lugar en el que jugar de manera confortable.

Es, posiblemente, el perfil que hemos visto más de una vez reflejado en las carnes de quienes tenemos cerca. Principalmente varón, pero también mujer, de entre 25 y 50 años, clase media, con casa propia o en alquiler. Bastante genérico pero que esconde algo que está en relación con lo anteriormente dicho.

Las estanterías de Mecatol Rex
Las estanterías de Mecatol Rex son la proyección de las que nos hubiera gustado tener en nuestras casas.

Las colecciones evolucionan conforme evoluciona nuestra idea de nosotros mismos como coleccionistas. Tener juegos, mantenerlos en estanterías y suministrarles un espacio cuesta tiempo y dinero. Pero también nos habla de nosotros como los que coleccionan, los completistas y los acumuladores de juegos. Puede que en algún momento nos hayamos definido como coleccionistas pero es posible que con el paso del tiempo nos hayamos atrevido a redefinir esa forma de adquirir y ordenar nuestros juegos. Los criterios son muchos y muy personales pero la línea que siguen obtienen sensaciones parecidas.

Todos, en la gran mayoría, tenemos un perfil específico que va conforme a nuestra forma de ser. No es fácil dedicarse a esto de acumular juegos en estanterías si no tenemos, evidentemente, un hogar donde albergarlos y un trabajo con el que pagarlos. Y puede ser una afirmación tan fácil como compleja en su fondo. Las habitaciones de las casas de nuestras madres se nos quedaban pequeñas. El coleccionista luce sus trofeos de la mejor manera y la forma más vistosa posible, y en casa de mamá no caben ni nos va a dejar ponerlos más allá de nuestra habitación. ¡Cómo desearíamos entonces haber tenido una habitación para nuestros juegos, cómics y libros!

Pero indagando más en estos perfiles hay un cierto hálito de tranquilidad que no deja se ser algo aparente. Da la sensación de que los jugadores de juegos de mesa son gente de paz que necesitan y buscan tranquilidad. Desde ya; esto es un mito. Pero sí que hay una enorme parte de verdad cuando esta afirmación se acompaña de que guardan su maná sagrado en sus hogares, en esas habitaciones hechas para ellos, en lugares donde el control se aplica de manera más apropiada, donde todo queda a mano y no da lugar a que se escape nada. La casa; el lugar donde se juega bajo las reglas de quien vive en ella.

Me hace gracia leer a veces que son una inversión de futuro, un reclamo para nuestra jubilación, pero en realidad son promesas de momentos mejores ante los que nos cuesta ceder que no sucederán. O no sucederán todos, vaya, tampoco seamos cenizos. Jugarás a ese juego que tienes desde hace años en tu colección y que no tocas más que un par de veces al año para abrirlo, olerlo, mirar sus componentes y volver a guardarlo. Jugarás a él. Pero puede que los otros siete que tienes en las mismas condiciones no llegues a catarlos en mesa jamás. El estilo de vida “móvil”, el de persona poco asentada, no convencional, de convicciones maleables –para bien, no por manipulables–, y con esa sensación de constante evolución, no suelen compaginarse siempre con la realidad de un lugar en el que los muebles llenos de juegos estarán siempre repletos de los mismos juegos y en esas mismas estanterías.

Algunos juegos de mi estantería que no son fáciles de sacar a mesa en casa. Pero que forman parte de ese 20%.
Algunos juegos de mi estantería que no son fáciles de sacar a mesa en casa. Pero que forman parte de ese 20%.

En mi caso, durante mi vida lúdica he hecho acopio de juegos que he acabado por decidir no volver a jugar y de los que me he deshecho. Una de las tácticas que he encontrado en mayor equilibrio y que me han hecho sentir mejor ha sido la de decidir mantener solo en mi estantería los juegos que vaya a poder jugar en casa en un porcentaje de un 80%. El otro 20% han de ser juegos que me apasionen y me gusten más de lo normal, a pesar de que en casa no pueda jugarlos. ¿Qué quiero decir con jugarlos en casa? Que pueda sacarlos con prácticamente cualquier perfil de jugador, que si alguien quiere venir a jugar a casa pueda jugar con ellos sin especial problema pero que tengan contenido, que me gusten, que no me quede tieso tras explicar cómo se lanza el dado y se corren las fichas.

Chechu, mi compañero en Planeta de Juegos, siempre dice que no se desprende de los juegos porque no sabe en qué momento va a apetecerle jugarlos. Para mí esta afirmación tiene el peligro de quien va a ver mermado su espacio físico a ojos vista, pero sobre todo de quien tiene que saber gestionar uno de los grandes males del primer mundo, que es la cada vez más acuciante incapacidad de tener la certeza de qué es lo que realmente queremos hacer.

La toma de decisiones a la hora de elegir a qué vamos a dedicar nuestro poco tiempo libre puede ser un escollo bastante grande cuando la oferta es tan sumamente grande y nos negamos, por principios, apetencias o cabezonería, a reducirla. Puede ser práctico acumular para futuras posibilidades y querencias, pero el tren recorre en muchas veces la estación una sola vez y deja aquellos juegos que deseabas jugar para siempre en la estantería.

¿Cuándo deja uno de ser coleccionista? Quizá el dinero y el espacio son óbice de que se responda, claramente, que nunca, si no hay problema –o sí lo hay–con ninguno de ambos. Evolucionamos y dejamos que sean las propias circunstancias las que nos digan qué hacer con ellas. Antonio, nuestro invitado en el último Planeta de Juegos, nos decía que había tenido que deshacerse de una importante colección de juegos debido a su evolución. Su evolución personal, claro. Necesitaba espacio para sus hijas. Pero esa evolución personal es la que empuja la consiguiente evolución como jugón. No iba a tener tanto tiempo disponible y tantas posibilidades de encontrar quien, a pesar de tenerlo, le acompañara en sus juegos. Algo así puede subsanarlo un club de juegos, pero personalmente, en su colección de juegos particular, la de su casa, ya no habrá tanto espacio para esos juegos que exijan –y con los que posiblemente tanto disfrute- ese tiempo y energía.

Las compras de Essen de un solo día de cinco miembros del club Mecatol Rex que fueron. Algunos de nosotros pensaríamos que quizá no podríamos jugar a todos ellos en todo el año. Foto: Javi Legacy
Las compras de Essen de un solo día de cinco miembros del club Mecatol Rex que fueron. Algunos de nosotros pensaríamos que quizá no podríamos jugar a todos ellos en todo el año. Foto: Javi Legacy

Es algo que he dicho alguna vez, algo que me ocurre con el rol. Puede que, de darme a elegir, sin tener en cuenta mis circunstancias, me tirase jugando al rol mucho más tiempo del que dispongo para él ahora. Pero son nuestras circunstancias las que configuran a ritmo de cincel nuestros gustos. Es posible que disfrute más con una partida a Arkham Horror LCG que tratando de acometer la lectura de un manual para montar una partida –algo que estoy haciendo ya–si no es con una finalidad inicial de disfrutar de todo sin establecer tiempos, presiones, ni comprometerme con nadie.

En el último ‘Planeta de Juegos’ Chechu decía que había dejado de comprar las expansiones de Netrunner y de Juego de Tronos, con lo que tenía ya era suficiente para jugar y que, además, el formato de LCG permitía a todo el mundo tener acceso a todo el material, por lo que no había un componente “coleccionista” per se. No es completismo, pues, es coleccionismo.

Y eso me lleva al principio del todo, a qué llamamos nuestra colección. A lo que tenemos dentro de nuestra área 51, nuestro recinto vallado de felicidad cuyo acceso y salida de material está únicamente disponible bajo nuestra supervisión. Una colección pide tener lo que no tienes aún integrado en esa colección. Forma parte de un todo, y todo se acepta en él dentro de los parámetros que hayamos decidido previamente. Coleccionar libros es imposible. Coleccionar libros de autores ingleses editados en el siglo XIX sí es posible. Coleccionar juegos es imposible. Coleccionar juegos de un determinado autor o editorial, de una línea o colección, es posible.

Hubo un tiempo en el que tenía más libros de los que, literalmente, podía tener en casa. Demasiados. Era obsceno. Pero me tranquilizaba la idea de tenerlos. Un mal día, recorría con la mirada sus lomos en las estanterías y me hacían sentir mejor. Casi era una catarsis terapéutica. Me inyectaban una sensación de falso control. Y por supuesto, no los prestaba.

Lo mejor que hice por ellos –y por mí– fue regalar la mitad de mi colección y dejar de concebirlos como artículos coleccionables. No digo, por supuesto, que vayamos a fomentar regalar nuestros juegos –que es, igualmente, una gran idea si se piensa bien–, pero puede que jugarlos más, jugar a lo que queramos jugar y olvidar todo a lo que no estamos jugando sea lo que nos haga relativizar lo que tenemos entre manos. Y darnos cuenta de si disfrutamos y nos aprovechamos de ese falso control que nos otorga nuestro cortijo bien amueblado; estantería, casa, mesa y juegos.