El jugador indefinido – Jugar sin parar (II) Cuando te gusta todo, quieres probar todos los juegos, no te ves identificado ni como "plastiquero", ni "eurogamer" ni "wargamero" y no hay un solo juego del que puedas decir "no es mi tipo".

Como si no hubiera un mañana, así se juega en los eventos como el que jugamos en la cita privada llamada Las Grecas IV. Este último evento al que asistí no jugué ni tanto ni con tanto fervor, uno ya se siente con más tranquilidad y posibilidad de elegir hasta dónde y de qué manera quiere jugar. Pero me reafirma una vez más en la idea de que le doy a todo, a diestro y siniestro, y a veces, sin importarme el qué. Soy un jugador indefinido.

Me dio, de hecho, tiempo a hacer algo que no suelo y que a veces puede molestar –soy consciente, pero yendo en sibilino y notando latencias uno puede cotillear sin problema–, que es pasear entre las demás mesas y observar cómo se desarrollan otras partidas. Es más, me permití el lujo de negarme varias partidas por no tener la certeza al cien por cien de que quería jugarlas.

Puede que sea porque no tengo tanta necesidad de jugar a tanto. Por fortuna puedo disponer del club de juegos Mecatol Rex y de gente que, llegado el caso, podría propiciarme cualquier partida. Sí que me falta tiempo, que entiendo que nos falta a muchos, pero me convencí desde el principio de que no me dejase exhausto la experiencia –que lo hizo, volví muerto– o al menos –y esto lo conseguí– no forzar partidas que no sintiera que me apetecieran de verdad.

Como siempre, el evento tuvo un entorno rural privilegiado. ¡¡Una maravilla de exteriores para los 26 tipos y tipas encerrados jugando en la casa…!!

Esta segunda vez –la experiencia de la primera, en Las Grecas III, la conté hace unos meses– confieso habérmelo tomado con bastante más parsimonia y tranquilidad que la vez anterior. Muchos juegos, sí, pero no tantos a pesar de haber estado un día más, y ni mucho menos tanta variedad; han sido unos 20 juegos y algunos de ellos ocupaban un tiempo bastante grande. Muy buenas sensaciones en general pero, como siempre y así lo espero, no vais a encontrar en las próximas líneas una sucesión de juegos y análisis más allá de unas cuantas sensaciones generales y, como mucho, alguna pincelada más concreta.

Diversidad y poca especialización.

Asistir a este tipo de eventos te hace calibrar tu pulso como jugador. Mi premisa, esta vez, era intentar jugar con gente que conocía menos pero que podía aportarme bastante de algún modo. Así, quitando alguno con el que no llegué a poder coincidir, pude jugar con jugadores de calibres diferentes, viendo cómo equilibraban las partidas de diversísimas maneras, y atendiendo a la forma de plantear el juego que cada uno tenía.

Con muchos de ellos solo podría jugar a los juegos que habíamos elegido jugar, y quienes los habíamos propuesto lo habíamos hecho por algo. Confieso que había algunos de un perfil parejo al mío y con los que vi tras varias partidas que podría jugar a cualquier juego –en realidad, con todos era así en cierto modo–, pero jugar con ellos a juegos que sabías que eran sus fuertes, les ponía en una posición más atractiva y potenciaba de algún modo las partidas. ¿Qué perfil era ese? Pues ni idea, la verdad.

'A Study in Emerald' de Martin Wallace,
‘A Study in Emerald’ de Martin Wallace, su primera edición, era una cuenta pendiente conmigo mismo.

Vayamos a los ejemplos, como los de las partidas jugadas a Feudum o Sucessors. Con Feudum jugué con tres eurogamers de pro. No suelo ser amante de los juegos que se prodigan en un exceso de reglas o posibilidades del todo inabarcables, al menos si eso me lo parece a mí. La objetividad dentro de un entorno, el de los juegos de mesa, que considero lo más subjetivo posible, a veces me hace pensar en estos juegos como juegos que exceden el nivel de esfuerzo que estoy dispuesto a permitir para disfrutarlo. De nuevo, prejuicioso, he pensado en estos juegos como juegos con exceso de dureza.

Jugar a juegos específicos con jugadores aparentemente específicos.

Los grados de dureza siempre me sorprenden. En la BGG veo juegos catalogados de duros que no me lo parecen, y entiendo que tiene mucho que ver la aridez de las reglas y de cómo ponerlas en práctica. En la partida de Feudum dos de los jugadores ya habían jugado previamente y, además, habían leído y releído –hasta preparado hojas de resumen a modo de ayuda– las reglas. Entendía, desde que salió y leí los comentarios, que era un juego etiquetado como duro. Al atender a la explicación me pareció, como he comentado antes, más inabarcable que duro, más propicio a confundir y a abrumar que difícil, si es que puede esto entenderse por separado. Muchas reglas sencillas que hacían un montón de posibilidades interconectadas. Feudum no me pareció duro como tal, sino complejo, dificil de controlar, pero disfrutable sin ninguna duda. Me dejó bastante satisfecho, en gran medida, por jugar con el tipo de jugadores con el que jugué.

En Successors, el amigo Ricardo de La K lúdica se desenmascaró y disfrutó como un enano poniendo zancadillas a sus “hermanos” macedonios, cuando yo siempre le había tenido, por sus reseñas en vídeos, como un eurogarmer de manual. Claro, una cosa, en absoluto desacredita otra, y para nada es incompatible. Todo lo contrario; le perfila como jugador. Esto también me hace pensar en prejuicios por mi parte, –aunque quizá la palabra tenga más connotación negativa de cómo la uso, porque no dejo ningún significado al hacerlo– al asociar a los jugadores con qué tipo de juegos se les daría bien y sobre todo con qué juegos disfrutarían más. Uno de los jugadores era Roi Espino, alias Celacanto, conocido por sus aportaciones históricas en el podcas de El Tablero. Un amante de la Historia jugando a un juego sobre los herederos de Alejandro Magno resulta un aporte que no deja de potenciar la experiencia de la partida.

Successors' 3ra edición, de Richard Berg,
‘Successors’ 3ra edición, de Richard Berg, (GMT, 2008) una de las joyas irrenunciables que regala este hobby.

Todo esto me hace reflexionar sobre mí mismo como jugador. Pienso que tengo una configuración que puede aplicarse a cualquier circunstancia y a ninguna en concreto. Se traduce a un exceso de diversidad por mi parte y muy poca especialización. Creo que tiendo a agradecer juegos con un contenido temático bien aplicado, pero para nada desdeño un juego cuyas mecánicas se impongan ante un tema “pegado” a ellas –de hecho, creo que la construcción creativa de un buen juego que me guste debe pasar por un compendio de mecánicas solidas y bien ajustadas–. De hecho los juegos con los que más contento vuelvo, Wendake y Successors, son dos categorías que bien se ajustan a esta descripción.

El jugador indefinido.

Alguien me ha comentado en alguna ocasión que los juegos con los que uno más disfrute son los que configuran su ADN como jugador. Toma tus cinco juegos favoritos y ese será tu perfil y lo que te define. Y miro mi estantería y veo Euros de peso medio/alto que me apetece sacar a mesa tanto como cualquiera.
Me siento pues un poco indefinido. Mi partida al Time of Crisis la disfruté tanto como la que jugamos justo después al Wendake, que, además, fui corriendo a reservar y comprar lo antes posible. Y Feudum, por ejemplo, era el juego que más me apetecía probar en ese fin de semana.

Wendake (Danilo Sabia. Placentia Games 2017)
Wendake (Danilo Sabia. Placentia Games 2017) fue uno de los juegos que más disfruté.

Vengo además de un entorno laboral en el que constantemente se aprecia la especialización como un valor necesario. En esto de los juegos de mesa no no voy “ni a chicha ni a limonada“, me quedo en terreno de nadie. Puede ser que la especialización surja aún con los años, no sé si lo que llevo metido en esta afición (7 u 8 años) no ha dado aún como para que me atreva a restringirme o a definirme sin dejar de sentirme cómodo.

Mi compañero Chechu, de Planeta de Juegos, tiene claro que los juegos que más le gustan son de cartas y se juegan a dos jugadores. Yo aún descubro que me gustan juegos que no pensaba que entrasen en mi radar –probé al fin Estudio en Esmeralda, primera edición, y aluciné– por estar ya pasado de vueltas con ciertas mecánicas y me encuentro aún con que sigo queriendo probarlo todo. Nada más entrar por la casa en la que íbamos a pasar el fin de semana y encontrarme con las bolsas en la entrada repletas de juegos, quería probarlo todo. Alguno dirá que es falta de criterio, quizá algo de razón no le falte, pero la verdad es que no definirme de forma especialmente compleja me ayuda a tener intacta la parte en la que estoy dispuesto a probar cosas y sorprenderme.

En fin, hay quien tiene la experiencia en estas lindes como para saberse de un “palo” u otro. Con los libros, un campo en el que me veo más experimentado, tampoco tengo esta definición, y me veo leyendo de todo, dispuesto a conocer y descubrir de todo y, aún teniendo gustos más concretos, nunca poniendo la mano delante de cualquier opción.  Puede que la forma de definirnos vaya más por saber cómo ubicarnos, por molestarnos en conocernos, por etiquetarnos en certezas, por poder ahorrarnos distancias largas entre lo que nos apetece, lo que queremos y lo que al final conseguimos delante de la mesa y con quién lo hacemos. A lo mejor la “no definición” es una definición en sí misma y haya que acuñar una nueva etiqueta, la de “jugador indefinido”, tan fea y extraña que, por ahora, nos incomode y nos defina al mismo tiempo. Porque me huele a mí que la mejor etiqueta no deja de ser la de “jugador de juegos de mesa”.