Tu partida no es la mía Te sientas a la mesa a jugar por el juego, por los jugadores, por la experiencia o por nada de las tres cosas. Porque lo que buscamos jugando juegos de mesa puede ser totalmente distinto a lo que busca quien se sienta delante tuya.

He tenido partidas malas porque el juego o el estado de los jugadores –cansancio, despiste…–no ha contribuido a crear la mejor de las experiencias. Pero si los jugadores revientan las partidas sin saber que lo están haciendo el asunto puede ser como para que lo recuerde para siempre. Porque lo que buscamos jugando juegos de mesa puede ser totalmente distinto a lo que busca quien se sienta delante tuya.

Desde lecturas de reglas nefastas, discusiones sobre reglas, piques y venganzas… Tengo el convencimiento de que todo depende de la actitud de los jugadores. Una partida a un juego malo no debería ser responsabilidad del propio juego. Si el juego es malo u os va a deparar una experiencia agotadora enfrentándoos a él, es posible que una decisión a tiempo salve al grupo del tedio y la pérdida de tiempo. Hay que ser valiente a veces para abandonar una partida ya empezada, para proponer como grupo un cambio de juego, y para, directamente, decir abiertamente que el juego es una mierda y que merece la pena dejarlo ahí.

Depende de los jugadores arreglar el desaguisado con su actitud, con pactos, con negociación entre ellos, siendo abiertos, con sinceridad y humildad. Pero claro, no todo el mundo lo ve igual, y la falta de comunicación a veces da situaciones como la de no querer jugar a algo y verse obligado a hacerlo por compromiso. Y el problema en este caso no está en el sacrificio sino en que la actitud no acompañe a ese sacrificio; si lo haces por un amigo, al menos trata de empaparte y no ser tóxico.

La Villa, el juego en el que tus meeples mueren y pensamos en la muerte durante la partida.

Pero las más extrañas y que más recuerdo han sido porque la actitud de los jugadores que estábamos implicados estaba totalmente desnivelada, como en otra onda, en otro mundo. No tenía que ver con que un jugador fuera excesivamente competitivo, que fuera maleducado o no supiese comportarse bajo un mínimo aceptable socialmente hablando. Las que más me han chocado son en las que, cuando me he sentado en la mesa con algunos jugadores, les han hecho comportarse de una manera que para ellos era normal, es decir, la forma óptima de afrontar una situación como la que se estaba dando. Creo que con algún ejemplo me voy a explicar mejor.

Hace ya bastantes años visité con una amigo unas jornadas de juegos de puertas abiertas que se celebran en Madrid. Por aquél entonces el nivel de dificultad de los juegos a los que me atrevía a jugar no pasaba de euros de corte medio. No tenía un desconocimiento sobre el mundillo pero desde luego no tenía la visión que puede aportarte varios años de experiencia relacionado con los juegos de mesa y su entorno. Como hoy, jugaba a todo tipo de juegos, jugaba bastante menos y apenas había rascado la superficie de todo lo que da éste mundillo de sí. Por lo tanto, digamos que iba a la “aventurilla”.

Había oído hablar de un juego que se llamaba La Villa y cuando lo vi en las estanterías de la ludoteca pensé que podía ser buena idea echarle un ojo. Lo cierto es que veo hoy mi atrevimiento y sacudo la cabeza. Imagino hoy la posibilidad de coger un juego y aprender a jugarlo in situ sin apenas saber de él nada más que un “he leído que está bien” y lo veo como un imposible y un acto  suicida innecesario. El caso es que pillamos el juego y nos sentamos en una mesa, lo abrimos, desplegamos y empezamos a leer las reglas.

–¿Vais a jugar a La Villa?–dijo una voz tras nosotros– Es hasta cuatro jugadores, me apunto, ¿vale?

Dicho esto, sin presentaciones de por medio, una entidad –que entiendo que era un ser humano porque tenía un aspecto similar al nuestro, pero que sin embargo no tenía las dotes de comunicación que yo convengo pertenecen a alguien de mi especie–, se sentó junto a nosotros sin mediar más palabras. Mi amigo y yo nos miramos, encogimos los hombros sin saber qué decir, y pasamos el trago sin más. Hoy pienso que hubiese dicho algo, pero a toro pasado, nosotros éramos dos personas que entendían que estábamos en un ambiente afable y abierto, y tampoco teníamos mucha idea de nada, así que ¿por qué no?

“–Creo que si repaso las reglas me acordaré, jugué una partida no hace mucho”. Cogió las reglas y se puso a leerlas en voz alta. Tal cual.

Quizá ya veamos normal usar nuestros “nicks”, pero cuando no conoces a alguien y se te presentan diciendo su nick, pueden pensar de ti que eres (tan flipado como) un Vengador.

Me atreví entonces a decirle “Hola, mi nombre es Luis, este es mi amigo Fulano” y a tenderle la mano para ser coherente con lo que estaba sucediendo. Nos apretó la mano mientras nos dijo “Hola, me llamo Ironman”.

Ciertamente no se llamaba Ironman, pero lo que dijo fue parecido a un nombre que podría ser el de un integrante de Los Vengadores. Luego supe que lo que me dijo era un nick, el alias que utilizaba en un famoso foro de juegos de mesa. En ese momento, ocurrió lo impensable. Mientras leía las reglas en una retahíla monótona alguien le interrumpió.

–Hombre, Ironman, tú por aquí. ¿Vais a jugar a La Villa?

–¡Hola! ¿no tienes partida? Siéntate si quieres, hay un hueco.

Y la nueva entidad humana se sentó completando el cuarteto mientras el primero explicaba al recién llegado que estaba leyendo las reglas, pero que acababa de empezar, así que las podría leer de nuevo desde el principio. Y dicho y hecho, comenzó a leer de nuevo las reglas desde el principio. A nosotros no nos parecía normal, pero a ellos parecía que sí.

En medio de la confusión mi amigo y yo nos reímos, y de nuevo, quizá con algo de insidia, extendí la mano al nuevo jugador presentándome de la misma forma que había hecho con el primero. Y él me contestó de la misma manera.

“–Hola, yo soy Batman”. Obviamente, lo que dijo fue otro alias del mismo foro. Jamás sabríamos sus nombres reales.

Tras la lectura agotadora de reglas y nuestros intentos por no perdernos por el camino, jugamos la partida, repletos de dudas y sin tener claro lo que hacíamos. A la segunda vez que preguntamos dudas, la coletilla con la que terminaba cada respuesta era “lo he dicho durante la explicación”. La partida fluyó, sorprendentemente. Posiblemente y en gran parte porque el juego no es complejo y una vez tienes claros ciertos mecanismos va como la seda. Ahora bien, tal cual terminó la partida, contaron los puntos de cada jugador, e inmediatamente Ironman le preguntó a Batman que dónde tenía pensado comer.

Ironman le dijo que ahí al lado, un bocadillo, y que iba a comer con Thor y con Hulk, que si se apuntaba. Batman le dijo que sí, pero que deberían irse ya para pillar sitio, que aún era pronto. Y mientas hablaban iban levantándose de sus asientos. Mi amigo se atrevió a decirles “adiós y encantado de conoceros” y ellos miraron atrás para decir adiós. Al menos, Ironman tuvo la deferencia de decir “perdonad que no os ayudemos a recoger el juego, es que si no, no pillamos sitio para los bocadillos”.

Feria de Essen 2017. Foto: Javi Legacy
Feria de Essen 2017. Foto: Javi Legacy

Y allí nos quedamos mi amigo y yo como pañuelos usados, sin entender lo que acababa de ocurrir. En realidad no es nada grave, si se mira con perspectiva, pero cuando tienes el componente social como un valor en el mundo de los juegos de mesa, resulta absolutamente chocante que alguien pueda saltarse todo lo que eso significa, por el hecho de poder jugar al juego, pasando por encima de lo que hay alrededor.

Es absolutamente respetable que alguien “use” a los demás para jugar, siempre y cuando haya un pacto tácito de que todos nos usamos entre todos. Pero cuando alguien no sabe qué narices está ocurriendo y por qué, lo que un ser humano vivo y consciente haría, posiblemente, sería pararse y comportarse de la forma más comunicativa posible.

Nos reiremos de aquello para siempre, eso está claro. Pero aquellos chicos ya tenían una relación pactada con el mundo de los juegos de mesa y con sus usuarios que nosotros no teníamos ni la más remota idea de que podía darse.

Los juegos se convierten así de un vehículo a una meta en sí mismos. Y cuando todos en la mesa lo tenemos claro, no veo ningún problema, es más, puede ser hasta más reconfortante por la forma en la que relaciones con los demás. Cuando no es así se pueden dan por sentadas muchas cosas y es más evidente si no conoces a las personas con las que te sientas. Entre ellas, puedes dar por hecho que quien va a este tipo de jornadas está cortado por el mismo patrón que tú.

Pues ahí está la historia. Que muchos jugadores interpretan este mundo de la manera en la que interpretan su propio mundo. Ocurre igual con una reciente experiencia que tuve vendiendo un juego de segunda mano, en la que el comprador se permitió hacerme esperar a propósito, hacerme bromas telefónicas y exceder todo límite de la confianza entre un comprador y vendedor, ya que no nos conocíamos de absolutamente nada.

Juagar al rol con desconocidos y encontrarse con personalidades con falta de empatía puede ser toda una piedra de toque con la que enfrentarse.

Es posible que la afición a los juegos de mesa de, por sus características, cabida a personalidades que tienen más dificultades para empatizar, por el hecho de que hay un objeto entre los jugadores, que es el juego, con el que pueden intervenir como vía de con los demás y además les sirve para medirse en muchos aspectos.

Decimos siempre que los juegos son una herramienta social, pero hemos de tener en cuenta que la herramienta puede ser la propia meta y que el objetivo sea otorgarse uno mismo la posibilidad de verse empoderado y habilitado a juzgarse. Y sí pensar que tus habilidades son otras porque hay un juego de por medio que te “capacita” a relacionarte y a otorgarte habilidades que, digamos, a los demás les cuesta ver…

Es decir, es como pensar que eres socialmente aceptable, educado y solidario porque juegas a menudo con personas a juegos de mesa, que es una actividad que se hace con más gente, y además eres tú quien les explicas las reglas de los juegos.

Así que, cuando hay un objeto como un juego que incide en que te puedas medir y juzgar –soy bueno en éste juego así que soy mejor que tú / puedo hacer esto o decirte esto sin tener que empatizar contigo… –es muy posible que ejerza de filtro benévolo antes de llegar al tipo que tienes delante de la mesa, con el que, para esas personalidades, solo es el tipo que mueve las fichas para que tu sigas jugando y juzgándote. Si ya has determinado que eres buena persona mucho antes de sentarte en la mesa, nada de lo que hagas debería ir en desacuerdo con ello.

Es duro plantear esto por la benevolencia con la que nos tratamos, como afición en eterna madurez, pero es bueno saber que lo que es definitorio en una personalidad no lo es por completo de una persona, y, como decía al principio, de nosotros depende hablar, comunicarnos y corregir, así como elegir a quién o quienes queremos –y no– en frente en nuestra mesa de juego.

Publicado por

LuisFley

Juego a juegos de mesa y casi siempre pierdo. Poco más que decir. Si acaso, que grabo un Podcast sobre ello llamado 'Planeta de Juegos'.

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